el otro
¡Era yo! ¿Cómo podía pasar esto?
La primera vez fue solo un instante, un rápido avistamiento. Casi no quise enterarme, pero algo, muy dentro de mí empezaba a intuir que algo no estaba bien. Esa sensación, profunda, muy profunda del que sabe que algo anda mal, pero no puede explicarlo, porque él mismo no lo entiende.
Pasó mucho tiempo hasta que volvió a cruzarse en mi camino ese monstruo. Yo estaba ocupado, tomaba las bolsas del super mientras mi hija corría hacia la máquina de helados. Por un segundo apenas volví a sentir esa horrible sensación de frío interior, un frío horrible que no tiene que ver con el clima, o algo que se pueda experimentar con los sentidos. Es un vacío, metafísico quizá. La horrible verdad de eso que temes ciegamente, que vez venir como un auto que te atropella, pero es inevitable, se acerca, se acerca, hasta que finalmente te golpea. Al igual que con el accidente de auto terminas olvidando el momento exacto, es un momento en negro en tu mente, sabes lo que sucedió por los momentos posteriores a eso, o por lo que te cuentan, que de tanto repetirse termina siendo como una verdad que tu viviste, pero en los ojos de otros, no en los propios.
Pasé muy cerca a mí, al principio no me reconocía, tan acostumbrados como estamos a casi nunca vernos a nosotros mismos, a no ser en el espejo. Pero pasé rápido, vestido como me hubiera gustado vestir, y un par de audífonos, no dudo que escuchaba buena música, siempre he sido muy exigente con mis gustos musicales. Me costo muchos días aceptarlo, pasé noches y más noches pensándolo, y finalmente lo entendí. Sí, era yo. Inevitablemente yo. Absurda, locamente yo era él.
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